Marismas y salinas

Las marismas se definen como zonas de contacto entre las aguas continentales y las marinas. Tienen poca profundidad, presencia de luz, abrigo respecto al mar, mezcla de agua dulce y salada, alta concentración de nutrientes y circulación constante de las aguas impulsadas por las mareas. Estos factores explican que estas zonas costeras hayan sido aprovechadas por el hombre a través del marisqueo, la pesca o la actividad salinera. 

Se conoce la existencia de salinas en la zona desde tiempos remotos. Son parte del paisaje desde la colonización fenicia.  Los elementos fundamentales para lograr buena sal son: agua de mar, sol abundante y vientos favorables. Además se requiere un espacio en el que se precipite la sal y permita su recolección. Este espacio es la salina y su creación sólo es posible transformando el medio físico natural.

La posición geográfica de la bahía de Cádiz en una latitud intermedia entre la franja templada del planeta y el cinturón intertropical, el clima mediterráneo matizado por la proximidad del Atlántico, unos niveles de insolación elevados y unas características hidrológicas favorables garantizan los procesos de precipitación y cristalizado de la sal. La disponibilidad de amplios espacios fácilmente inundables junto a la costa de La Isla, no aptos para otras utilidades, posibilita la construcción de estructuras superficiales que aceleran y facilitan la cristalización de la sal presente en el agua marina. 

Las salinas pueden considerarse una modificación de las marismas. Una característica de los paisajes marismeño y salinero es su relieve plano con una altitud similar o menor al nivel del mar, lo que facilita la inundación del terreno. Las salinas se pueden inundar artificialmente con mucha más facilidad que las marismas, que tienen una morfología irregular.